- 15/12/2025
- Dpto. de Alumnos
Arte y literatura. La transformación de su mirada en la era digital
Fundación de Estudios Superiores Multidisciplinarios en Regulación y Ciencias.
Con el apoyo y patrocinio de MRC Group.
Antonella Luna | Autora
Alumna de Museología, Conservación y Restauración.
www.fesmrc.org.ar
Como estudiante de historia del arte y literatura, puedo darme cuenta de que gran parte del aprendizaje no está solo en los libros o en las clases, sino en la manera en que estas disciplinas me enseñan a mirar y relacionarme con el arte. Aprender arte y literatura significa aprender a leer más allá de la superficie: a descubrir símbolos, intenciones y contextos que dan forma a una obra. En ese sentido, siento que la carrera me ha cambiado la forma de observar el mundo, porque me permite ver lo que hoy consideramos cotidiano también será, algún día, parte de una historia cultural más amplia.
SI pienso en cómo era mi mirada antes de iniciar la carrera, noto una gran diferencia. Antes observaba las obras de arte desde la emoción o el gusto personal, ahora trato de comprender que hay detrás de esas imágenes, qué discurso construyen y qué tiempo representan. Por ejemplo, cuando estudié los retratos del Fayum, esas pinturas funerarias del Antiguo Egipto que combinan técnicas grecorromanas con la tradición egipcia. Me resultaron fascinantes porque muestran cómo distintas culturas (la egipcia, la griega, la romana) se entrelazaron para crear un lenguaje artístico nuevo, donde el retrato no solo representaban el rostro del difunto, sino también su identidad espiritual y social. Tuve una sensación completamente distinta cuando vi en persona el Retrato de Mlle. Henault, Comtesse d’Aubeterre, de Jean-Marc Nattier. Estar frente a la obra, observar la textura del lienzo, los matices de luz y el detalle en la expresión, fue algo muy diferente a verla en una imagen. En ese momento entendí la importancia de la experiencia directa: el silencio del museo y la cercanía con la historia que ninguna imagen digital puede reemplazar.
El lugar de lo clásico tiene un valor especial. Muchas veces, se piensa en los clásicos como un pasado fijo, como algo que hay que estudiar por obligación, pero en realidad funcionan más bien como raíces. Al conocerlos, no solo entendemos de dónde vienen ciertas ideas estéticas o narrativas, sino que también encontramos un lenguaje común que todavía hoy sigue influyendo en lo que leemos, miramos y producimos. Para mí, volver a los clásicos no significa alejarnos de lo actual, sino al contrario: tener una base sólida para interpretar lo nuevo y hasta para cuestionar lo que heredamos.
Sin embargo, vivimos en una época atravesada por lo digital y eso plantea un desafío enorme. La mayoría de mis primeras aproximaciones a obras de arte o textos ya no suceden en una sala de museo o en la biblioteca física, sino a través de pantallas. Tenemos bibliotecas digitales, repositorios académicos, visitas virtuales y miles de reproducciones en internet. Esto, por un lado, democratiza el acceso, cualquier estudiante puede ver un cuadro que está en un museo al otro lado del mundo. Pero al mismo tiempo nos enfrenta al riesgo de perder la experiencia directa, de quedarnos en una mirada superficial porque la inmediatez nos invita a pasar rápido de una cosa a otra. Ese es, para mí, uno de los dilemas centrales de nuestra formación hoy, aprender a combinar la profundidad que exige la obra con la velocidad del mundo digital.
La tecnología también cambió mi forma de investigar. La inteligencia artificial, por ejemplo, me facilita acceder a fuentes, organizar bibliografía o encontrar vínculos entre conceptos que antes tardaba mucho más en elaborar. Pero la uso como complemento, no como sustituto del pensamiento crítico, porque el verdadero análisis surge del tiempo que uno pasa leyendo, escribiendo y reflexionando. Las redes sociales también influyen en cómo vivo el arte. A veces funcionan como espacios de difusión y aprendizaje, pero también esta exposición constante puede volver lo artístico en algo fugaz, medido por la cantidad de “me gusta”. En mi caso, trato de aprovechar las redes como herramienta de acceso y comunicación, sin dejar que reemplacen la experiencia de la lectura o el encuentro con la obra.
Cuando pienso en el arte del siglo XXI, veo que esta tensión entre lo clásico y lo contemporáneo se hace todavía más evidente. Las obras actuales no solo dialogan con la tradición, sino que también se nutren de la tecnología. Aparecen el arte digital, el videoarte, las instalaciones interactivas, las expresiones vinculadas a las redes sociales o incluso los usos de la inteligencia artificial como herramienta creativa. Estas formas nuevas rompen con lo que conocíamos y al mismo tiempo, nos obligan a pensar qué es lo que sigue siendo “arte” y qué papel tiene en la sociedad.
En mi experiencia como estudiante, siento que el valor se esta carrera esta justamente en enseñarnos a habitar ese cruce: a no abandonar lo clásico, porque nos da profundidad y raíces, pero tampoco a temerle a lo digital, porque ahí es donde se están gestando las nuevas formas de expresión. Para mí, estudiar historia del arte y literatura es aprender estar en medio de esos dos mundos, buscando siempre una lectura más amplia y crítica, que nos permita comprender lo que heredamos y lo que estamos construyendo en el presente. Creo que esa es la verdadera tarea del arte y de quienes lo estudiamos: mantener viva la capacidad de interpretar, de mirar con atención y de encontrar belleza incluso en medio de la transformación constante.
Antonella Luna.
Alumna de Museología, Conservación y Restauración.
Fundación de Estudios Superiores Multidisciplinarios en Regulación y Ciencias.
Con el apoyo y patrocinio de MRC Group.
